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lunes, 8 de agosto de 2011

Próximo: un gigoló


Si no lo digo, reviento: ante el desastre físico y emocional que la Enfermera con Tacas y Lentejuelas le causó a mi amada familia, diseñé mi Plan B. Realmente, lo retomé tras mi desayuno dominical… un par de huevos con sal pasados por agua (“o hervidos”, o como se diga en los distintos países hispanoparlantes).

¿Cómo lo había olvidado si precisamente huevos tendría mi próxima opción? La persona que debe hacerme babysitting de vez en cuando –o sea, cuando a mi familia “se le tranque el bolo” por sus múltiples responsabilidades- tiene que estar capacitada para transferirme de la silla de ruedas al sillón reclinable (cosa de cambiar culo y espalda de superficie). También me tiene que transferir de la silla de ruedas al baño, o a la ducha, según necesario. No tiene que limpiar la casa ni cocinar. Eso lo hacen los lunes Ramona o su hermana Isabel.

Solamente necesito a un ser humano que pueda ayudarme con las transferencias. Nada más. Juro que estoy en proceso de aprenderlo. ¡En septiembre cumplo un año de intentarlo con distintas estrategias, y mi cuerpo aún no me obedece! Hemos logrado domarlo bastante, pero todavía no lo he sometido a la obediencia. No es mi culpa, de veras que no…

“Pero bueeeno” –como dicen mis amigas dominicanas- no soy persona de quedarse en una esquina sin intentar remedios. ¡Y poniéndole sal a los huevos se me prendió el bombillo! “Un enfermero vendría a cambiar el tubito de orinar, y ese no es el caso. No tengo folly, por Bendición Divina. Los enfermeros asean a los encamados que no se pueden bañarse, ni desplazarse al Departamento de Desperdicios Sólidos/Líquidos (según aplique). Ese no es mi caso (aún). Los enfermeros limpian y administran sueros, y en mi caso, no tengo (¡Amén!). Los enfermeros te administran medicamentos, y yo me los tomo solita y en su hora, excepto cuando se me olvidan… ¿Qué dije? Pues si ando escribiendo y leyendo blogs, ¡obviamente se me pueden olvidar los medicamentos!

Los enfermeros… bueno, los enfermeros cuidan a personas enfermas y yo solamente padezco de un problema severo de movilidad que estoy en proceso de superar. De empeorar, me consigo a un/una enfermero o enfermera que pueda ayudarme a hacer -con dignidad y respeto- todas las cosas que en este momento no son necesarias. Lo recibiré –o la recibiré- con el respeto y la admiración que merecen los y las profesionales de la salud que no chancletean en tacas ni visten de lentejuelas en horas de trabajo. Estoy segura porque los y las he visto en acción... y porque mi amada sobrina Melissa va a ser una gran profesional en el campo de la enfermería.

¿Mientras? Un gigoló debe cumplir con las expectativas. No necesita un grado universitario que lo acredite para transferirme de silla. Su especialidad es de noche, por lo tanto, deben ser más económicos de día. Por lo regular son musculosos, lo que me permitirá comer todo el helado de chocolate que me dé la gana sin miedo a engordar.

Mi requerimiento es sencillo: debe venir vestido y sin aceites, no sea que me resbale durante las transferencias, o no me responsabilizo de lo que pueda suceder. En el tiempo que le sobra, podemos bailar salsa. Desde mi silla de ruedas, el espectáculo no tiene precio.

¡Lo que hace un desayuno!

NOTA: Ayer también se me ocurrió un Plan C, pero lo tengo que delinear y buscar alternativas reales, porque ese sí que puede provocar aguaceros copiosos en mis ojitos. Ya lo anticipa el Centro Metereológico de Lágrimas.

Seguiremos informando...


miércoles, 3 de agosto de 2011

Enfermera con Tacas y Lentejuelas (¡Caput! Epílogo y Dedicatoria)

Cuando mi esposo llegó a casa –unos minutos después de la hora acordada con la Enfermera con Tacas y Lentejuelas- le pagué a la rimbombante "profesional vestida de blanco" la fracción de tiempo como hora completa. ¿No es eso que hacemos en los estacionamientos cuando dejamos el carro unos minutos extra? Pensé que era lo justo.
Eso sí, antes de pagarle (en efectivo para no recordar ese día en mi archivo de gastos), le dije con mi cara de lechuga:
-“La verdad es que yo debería cobrarle a usted por servirle de compañía y darle consejos de vida. Pero como lo pasamos tan bien, tómelo como propina”.
Mi esposo abrió los ojos como pesca’o congela’o. "¡Te ví con el rabo del ojo! ¡No lo puedes negar, mi amorcito!", pensé. Sin embargo, conociéndome como me conoce, tomó mi comentario como “normal” y no dijo ni pío... cosa de no provocarme una alzada de los niveles de cinismo.
En estos días, con el lío climatológico que tenemos, tuve que cancelar todas mis citas médicas. Mi santo y amado esposo (otra vez regresó al santoral), no pudo salir a trabajar, de manera que se quedó haciéndome “babysitting” lunes y martes.
Hoy miércoles, estoy escondida, buscando en la Internet bajo todos los buscadores a ver si consigo "Una Agencia Plan B Para No Contratar A Una Enfermera con Tacas y Lentejuelas”. Afuera diluvia y no voy a repetir el evento de “depresión tropical” con “aguaceros intermitentes” en mis ojos. Yo misma voy a hacer la entrevista de cernimiento. Si no encuentro una enfermera, pues que sea un enfermero sin sandalias con tacas.
A la Enfermera con Tacas y Lentejuelas le sugerimos saque su paraguas de Lancome, lo abra, y se vaya volando al vaivén de las ráfagas de la tormenta tropical Emily. Para algo le deben servir los “regalos” de Lancome cuando compra más de $200.00 en cosméticos para tratar de verse como la Taylor.

***
Ahora bien, mis respetos y admiración a todas las enfermeras que escogieron la profesión por vocación y hacen de la misma un sacerdocio con el debido ajuar y zapatillas. Mi agradecimiento especial a todas las enfermeras que me han salvado la vida tantas veces durante los pasados 13 años, sobre todo a las que le anticiparon a los neurocirujanos la necesidad de transfundirme antes de que la situación llegara a ser una emergencia.
En el 2004, yo estaba "muerta", pero consciente y pude reconocer la voz de esa “norsa” (nurse). Reconocerla me permitió el privilegio de agradecerle con un abrazo que redundó en fuertes aguaceros en los ojos de las dos.

NOTA:
Le dedico todas las entradas de la Enfermera con Tacas y Lentejuelas a mi hermosa y dulce sobrina Melissa, que empieza a estudiar la carrera este mes. Será un ángel disfrazado de enfermera. A ella, y a todas las nuevas camadas de enfermeras de todo el mundo… mis respetos y mis bendiciones. Estoy segura que sabrán cuando usar sus tacas y lentejuelas. Mi Meli sabe. ¡Besitos, Princesa!

domingo, 31 de julio de 2011

Enfermera con Tacas y Lentejuelas (Parte IV)

Hoy toca Canción de Domingo, así que aprovecho para cantar lo que no le dije a la Enfermera con tacas y lentejuelas cuando me cuestionó las razones para transferirme del sillón reclinable a la silla de ruedas y luego al baño… y después el mismo proceso a la inversa.

En ese momento, cuando me dijo que me veía “tan normal”, que no parecía impedida, le quise cantar la canción del Caballo Pelotero. Por saberme en sus manos no le contesté lo que se merecía:

-“Oiga, usted que sabe tanto de salsa por su marido músico, ¿conoce la canción del Caballo Ballo del Gran Combo? Pues si la conoce sabe que el Caballo Pelotero dice que si corriera, estaría en el hipódromo. ¿Verdad? ¡Cuánta sabiduría la de Bobby Capó con el ritmo de El Gran Combo! Si yo caminara, no necesitaría ayuda 24/7, y usted no hubiera venido aquí… a cobrar por quejarse”

NOTA: La narración épica de la Enfermera con Tacas y Lentejuelas concluirá pronto.


viernes, 29 de julio de 2011

Enfermera con tacas y lentejuelas (Parte III)

Cuando por fin abre la puerta y entra “la enfermera”, que mi santo y amante esposo contrató por teléfono, me llegó una bofetada del Eau de Parfum Spray “Far Away” de la línea Avon ("Avon llama", decía aquel anuncio).

Siento decir que por las neuronas que me arrancaron y me dejaron sin piernas, me reacomodaron las de los aromas. Si antes tenía un olfato agudo, capaz de detectar perfumes, ahora puedo distinguir las marcas y el tiempo que llevan en la piel. Contra todos los reglamentos sanitarios, la individua llegó literalmente bañada de perfume. Juro que se lo puso en el carro antes de entrar a casa. ¡Guácala! Yo hubiera querido estar “Far Away” de ella.

“Esto pinta malo”, me dije. ¡Poco sabía yo, que la esperaba "confinada" en un sillón del segundo piso! El ronroneo de su voz, y el taconeo por el piso desnudo de la sala, y luego de las escaleras de madera me confirmaron el retrato que en segundos me había hecho. Recordemos que de eso vivía yo. “Desnudar” a la gente para sacarle información fue mi oficio durante más de 30 años… y eso no me lo sacaron del cerebro… para mi autoprotección y bendición.

Al asomar la cabeza desde el segundo piso y darme cuenta de su peinado de salón, el maquillaje acentuado tipo Elizabeth Taylor en las versiones cinemascope de Cleopatra… me dije a mi misma: “Misma, ¡te llevó el diablo!”

Fracción de segundos más tarde la enfermera empezó a subir las escaleras. Un escalón después ví el atuendo: una camisa decorada con una cantidad respetable de lentejuelas y canutillos… que además demostraba con alevosía el silicón que la natura no le dio. Otro escalón, y modelaba unos jeans apretados. Ya, al nivel del suelo, unas sandalias con tacas que dejaban al descubierto una pedicura de salón color violeta, en combinación con la sombra de ojos de la Taylor.

No es que me molestara ver tanta elegancia… (¡¿”elegancia”?!) cuando yo ya no puedo usar tacas, lentejuelas y no tengo tetas tamaño D. Es que me sorprendió la idea de que ese ser de muchos más de los 50 plus (que trataba de ocultar en forma de caricatura) fuera una “enfermera on duty”. ¿Cómo haría para transferirme de la silla de descanso a la silla de ruedas? ¿Y al baño?

¿A dónde rayos llamó mi santo esposito? ¿A un servicio de putas que ofrecen masajes disfrazadas de enfermeras? Ese fetiche conmigo… ¡ni aunque hubiera sido un enfermero macho! Me despedí de mi esposo (ya tachado del santoral). Él salió disparado como alma que lleva el diablo, para no verme encarar mi realidad. A él le tocaría encarar la suya cuando regresara a casa… porque la que nos mandaron no se parecía a Florence Nightingale.

Sin parecer periodista, y en una conversación más o menos amena –para ella, que no dejó de hablar- trascendió que su esposo era un músico retirado de una orquesta de renombre; que ella se quería jubilar porque estaba harta de su trabajo y para estar con él, en fiestas “low budget”.

Me contó la vida y milagros de sus hijos, las nueras y hasta de los vecinos. Y ahí entendí que necesitaba un descanso de tanto cotorreo.

-“¿Me puedes llevar al baño?”, le pregunté sin sospechar la tragedia que desataría.

-“¿Al baño? ¿Y tú no puedes ir sola? ¡Tan normal que te ves! ¡Ay, si es que no pareces impedida?”

-“Es que no soy ‘impedida’. Soy una persona con un impedimento físico severo de movilidad. Tengo espasticidad en las piernas, no me puedo parar, no tengo balance y tengo que ir al baño ahora”, dije queriéndole decir algo más fuertecito. Me controlé porque dependía de ella.

-“¿Y te tengo que cargar?”

-“No. Sólo transferirme a la silla de ruedas. Yo misma la puedo mover. No me tienes que empujar. Cuando llegue al baño, me transfieres de la silla de ruedas al inodoro. Yo orino y me limpio solita. No te tienes que ocupar por eso. Después hacemos el proceso al revés. Me transfieres a la silla de ruedas, me acomodas los pies en las plataformas de la silla, yo me empujo, y cuando llegue al family, me quedo un ratito en la silla de ruedas, y después, me transfieres al sillón reclinable. ¡Es que mi espalda y mis nalgas se cansan de la misma superficie!”

-“¿Así es la cosa? No me habían dicho”, me dijo con cara de “yo no fui”. En ese momento quise matar a mi esposo.

No tuve tiempo de reaccionar porque quedé atolondrada entre el aroma a perfume Avon y el maquillaje sellado con polvos sueltos de Maja de Myrurcia. Los almohadones de silicona saltaban por encima de las lentejuelas y los canutillos… creí sellada mi desgracia pensando que saltaran y me dejaran ciega. ¡Ilusa!

Faltaba ver cómo se tambaleada conmigo con aquellas sandalias. ¿Y si nos caíamos las dos como guanábanas maduras? Obviamente no pasó nada de eso. Pero no tomé líquido por el resto de tarde para que sólo me llevara al baño una vez más.

NOTA: La historia podría terminar en la próxima entrega. Es que mucho de lo que sigue ha resultado en post traumas que tienen frágil mi corazoncito y no estoy segura que sobreviva la narración. Por cierto: juro que todo es cierto.

jueves, 28 de julio de 2011

Enfermera con tacas y lentejuelas (Parte II)

Como decía… en mi deseo desesperado de no molestar a mi gente “hasta que la muerte nos separe” (esa es otra historia…) le pedí a mi esposo que para que él pudiera trabajar esa tarde, llamara a un servicio de enfermeras que nos enviara a una persona que “me atendiera”.

Si dije “enfermera” fue porque mi cerebro -falto de millones de neuronas que se han ido en 3 craneotomías y una radiocirugía- se había equivocado de palabra. Debí haber dicho “dama de compañía”, o “acompañante”. Pero noooo… dije “enfermera”. ¡Error, error! Igual pude haber dicho “delfín”… sin que quisiera decir que era un ser marino para que me acompañara hasta “el fin” de mis días… Traté de explicarle que “aquello” no era. Pero –de nuevo- los hombres son tercos. Y, con pinta de “me gané la loto”, me dijo triunfante:

-“Conseguí la enfermera”.

-“¿Le dijiste que me tiene que cargar como saco de papas porque estoy gorda como lechona en turno para la cena de Navidad?”, le dije con la esperanza de que me contestara un “No, mi amor… si tú parecieras una lechoncita, yo sería tu lechoncito porque yo estoy más gordito que tú, que te ves sabrosona”. Pero, ¡noooo! En vez de un cubo de agua helada, me tiró los mares cercanos a los dos polos, con todo y icebergs.

-“No te preocupes, que les dije que tenía que ser alguien fuerte”, me dijo con mirada de “comprensión”, o ¿habrá sido “compasión”?

¡Además de gorda, me sentí maltratada, humillada, vejada, fastidiada, inútil, dependiente 24/7, y próximamente abandonada en las garras de quien sabe qué clase de ser humano… vestido de enfermera!

Tuve que controlar la catarata de lágrimas que se asomaba para no parecer Bruja de Disney (las malas de Disney siempre tienen pelo negro y grandes ojazos verdes, que se ponen ROJOS cuando las alteran).

-“Bueno, confío en ti”, le dije con las muelas de atrás.

Media hora después, llamó mi “babysitter”, que estaba perdida en el vecindario donde supuestamente trabajaba con regularidad.

¡Rayos! Mi víctima por obra y gracia del matrimonio le explicó súper bien… los semáforos, las izquierdas, las derechas… ¿Será ADD mi cuidadora?

NOTA: ¡La saga continúa en la próxima entrega!

miércoles, 27 de julio de 2011

Enfermera con tacas y lentejuelas (Parte I)

¿Ya hice la historia? Esto sucedió mientras el candado mantuvo cerrada temporeramente esta casita:

Establecido el hecho de que necesito compañía 24/7, me apena infinitamente que mi familia deje de hacer sus cosas para estar conmigo. Las noches, le tocan a mi esposo (obvio, hasta que me consiga un gigolo). Paso los días con mi comadre/hermana postiza del alma. Ella, mi Ángela, ha cuidado de mí en los peores momentos. Por ejemplo, en el 1998 me acompañó durante 11 días en la Unidad de cuidado Intensivo de Neurocirugía (obviamente, con permisos especiales de la agencia gubernamental que administra la institución pública). En aquella ocasión, Mi Angela estuvo sin dormir por 11 días corridos. Y luego se turnó varias semanas en una clínica de rehab en Coral Gables, Florida. Fueron 6 semanas entre mi esposo ella, y mi otra comadre/ Gran Amiga de la Infancia (DTG) . Durante la segunda craneotomía se tiró otra retahíla de días… luego con la radiocirugía y con la tercera craneotomía. Pero esa es ooootra aventura.

Ahora, y salir al mundo exterior, me lleva a su oficina… Durante los fines de semana, mi esposo y Mi Hijo Favorito de los Mayores cubren una cuota de “babysitting” (odian que yo use el concepto). Eso, cuando no tengo terapias, porque ella me lleva a todas.

Mi esposo –que todavía trabaja con una compañía farmacéutica- se sortea varios fines de semanas al mes para visitar a sus dos madres –mis dos suegras- que son el realidad su madre de noventimil años, y su hermana, mayor que mi marido por 20. O sea, dos ancianas.

De día, no doy problemas. Solo necesito que me transfieran entre el baño, la silla de ruedas, y una silla de descanso. En la noche, no me puedo voltear en la cama… ni ir al baño a orinar. Eso le toca a mi victima por obra y gracia del matrimonio.

En el baño, todo “me sale todo bien”, incluso del Departamento de Desperdicios Sólidos de Mi Hermoso y Esbelto Cuerpo. Si me llevan a la ducha, me aseo sin ayuda. Necesito que me vistan. Me alimento sola. Muevo mi silla de ruedas… doblo ropa, la acomodo… (mas o menos) y leo y escribo.

Pero hubo un día que todos estaban estresados con sus cosas. No le dije nada a Mi Hijo Favorito de los Mayores porque se estrena en un trabajo. Tampoco le quise provocar un infarto a mi Ángela. De manera que le rogué a mi esposo que llamara a un servicio de emergencias de enfermeras/acompañantes.

Viéndose contra la pared, buscó en la guía telefónica. Llamó a varios mientras yo llovía de la pena escondida en una habitación. “Así se deben sentir los viejitos cuando los llevan a los asilos. Pero ni modo, quiero que mi gente lleve una vida menos agitada".

Tras múltiples llamadas, encontró un servicio que podía enviarnos una enfermera “de turno para emergencias”. Traté de explicarle a mi esposo que eso no era lo que necesitábamos… pero los hombres son tercos…

NOTA: ¡La aventura continúa en la próxima entrega!

(Foto, del Web. Naaaa… no tenía cámara ese día… )

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Sobre las fotos e ilustraciones aquí presentes...*

* Si alguien se ofende con la publicación de alguna foto tomada prestada de la Gueb, que lo diga y la borro inmediatamente. Si le ofende mucho, mucho le pido excusas públicamente por el malrato.
Si alguien toma alguna de las mías, que no sea tontito y lo diga, que difícil que es esta pendejada de tomar fotos sin poder mover el culo de una silla.

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