Si no lo digo, reviento: ante el desastre físico y emocional que la Enfermera con Tacas y Lentejuelas le causó a mi amada familia, diseñé mi Plan B. Realmente, lo retomé tras mi desayuno dominical… un par de huevos con sal pasados por agua (“o hervidos”, o como se diga en los distintos países hispanoparlantes). ¿Cómo lo había olvidado si precisamente huevos tendría mi próxima opción? La persona que debe hacerme babysitting de vez en cuando –o sea, cuando a mi familia “se le tranque el bolo” por sus múltiples responsabilidades- tiene que estar capacitada para transferirme de la silla de ruedas al sillón reclinable (cosa de cambiar culo y espalda de superficie). También me tiene que transferir de la silla de ruedas al baño, o a la ducha, según necesario. No tiene que limpiar la casa ni cocinar. Eso lo hacen los lunes Ramona o su hermana Isabel.
Solamente necesito a un ser humano que pueda ayudarme con las transferencias. Nada más. Juro que estoy en proceso de aprenderlo. ¡En septiembre cumplo un año de intentarlo con distintas estrategias, y mi cuerpo aún no me obedece! Hemos logrado domarlo bastante, pero todavía no lo he sometido a la obediencia. No es mi culpa, de veras que no…
“Pero bueeeno” –como dicen mis amigas dominicanas- no soy persona de quedarse en una esquina sin intentar remedios. ¡Y poniéndole sal a los huevos se me prendió el bombillo! “Un enfermero vendría a cambiar el tubito de orinar, y ese no es el caso. No tengo folly, por Bendición Divina. Los enfermeros asean a los encamados que no se pueden bañarse, ni desplazarse al Departamento de Desperdicios Sólidos/Líquidos (según aplique). Ese no es mi caso (aún). Los enfermeros limpian y administran sueros, y en mi caso, no tengo (¡Amén!). Los enfermeros te administran medicamentos, y yo me los tomo solita y en su hora, excepto cuando se me olvidan… ¿Qué dije? Pues si ando escribiendo y leyendo blogs, ¡obviamente se me pueden olvidar los medicamentos!
Los enfermeros… bueno, los enfermeros cuidan a personas enfermas y yo solamente padezco de un problema severo de movilidad que estoy en proceso de superar. De empeorar, me consigo a un/una enfermero o enfermera que pueda ayudarme a hacer -con dignidad y respeto- todas las cosas que en este momento no son necesarias. Lo recibiré –o la recibiré- con el respeto y la admiración que merecen los y las profesionales de la salud que no chancletean en tacas ni visten de lentejuelas en horas de trabajo. Estoy segura porque los y las he visto en acción... y porque mi amada sobrina Melissa va a ser una gran profesional en el campo de la enfermería.
¿Mientras? Un gigoló debe cumplir con las expectativas. No necesita un grado universitario que lo acredite para transferirme de silla. Su especialidad es de noche, por lo tanto, deben ser más económicos de día. Por lo regular son musculosos, lo que me permitirá comer todo el helado de chocolate que me dé la gana sin miedo a engordar.
Mi requerimiento es sencillo: debe venir vestido y sin aceites, no sea que me resbale durante las transferencias, o no me responsabilizo de lo que pueda suceder. En el tiempo que le sobra, podemos bailar salsa. Desde mi silla de ruedas, el espectáculo no tiene precio.
¡Lo que hace un desayuno!
NOTA: Ayer también se me ocurrió un Plan C, pero lo tengo que delinear y buscar alternativas reales, porque ese sí que puede provocar aguaceros copiosos en mis ojitos. Ya lo anticipa el Centro Metereológico de Lágrimas.
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