¡Intruso nunca se enteró del primer millón de visitas!

Ellos tampoco le dan tregua a Intruso:

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domingo, 17 de octubre de 2010

“Para'o”: Lección cantada para la Cassio

Anoche –en un momento de debilidad causada por alguna razón que ni recuerdo- mi Hijo Favorito de los Mayores me dijo “lo que no mata, te hace más fuerte”. ¿Nietzsche? Eso me trajo a la mente un dicho de mi madre (la segunda mejor filósofo que he conocido): “lo que no mata, engorda”.

Entonces, si mi madre y mi hijo me ponen en jaque… ¿Dónde quedo yo, la Cassiopeia de siempre?

Por eso hoy me revisto de mí misma y regreso con el ánimo que había dejado en pausa... después de casi 3 meses en dos hospitales y una clínica de rehabilitación con el mero propósito de burlar la muerte tras la 3ra. craneotomía... y de "matarme" para recuperar mi independencia cotidiana; esto es... a comer por mi misma, a asearme, a vestirme... a voltearme... a caminar...

Entonces, encuentro que es hoy es el momento perfecto: un hermoso domingo soleado después de semanas de lluvia. Regreso con “Canción de Domingo” replicada en mis tres casitas… pa' que no se me olvide que "la vida me ha restrega’o, pero jamás me ha plancha’o”.

No vuelvo a quejarme de cansancio. Sigo de pie. Al fin de cuentas, tampoco permito que me tengan pena… porque… “En la buena y en la mala, voy con los dientes pela’os!”

¡Gracias mi Príncipe, gracias Mamita! Gracias Mercedes. Gracias Vicentico.

(Ilustración, del Web)

“Para'o”

Hay quien ve la luz al final de su túnel

y construye un nuevo túnel, pa´ no ver,
y se queda entre lo oscuro, y se consume,
lamentando lo que nunca llegó a ser.

Yo no fui el mejor ejemplo y te lo admito,
fácil es juzgar la noche al otro día;
pero fui sincero, y eso si lo grito,
que yo nunca he hipotecado al alma mía.

Si yo he vivido para’o, ay que me entierren para’o;
¡si pagué el precio que paga el que no vive arrodilla’o!

La vida me ha restrega’o, pero jamás me ha plancha’o.
En la buena y en la mala, voy con los dientes pela’os.

Sonriendo y de pie: siempre para’o.

Las desgracias hacen fuerte al sentimiento
si asimila cada golpe que ha aguanta’o.
La memoria se convierte en un sustento,
celebrando cada río que se ha cruza’o.

Me pregunto, ¿cómo puede creerse vivo,
el que existe pa´ culpar a los demás?
que se calle y que se salga del camino,

Y que deje al resto del mundo caminar…
A mí me entierran para’o.
Ay, que me entierren para’o!
Ahí te dejo mi sonrisa y todo lo que me han quita’o.

Lo que perdí no he llora’o, si yo he vivido sobra’o,
dando gracias por las cosas
que en la ruta me he encontra’o.

Sumo y resto en carne propia,
de mi conciencia abraza’o.

Para’o… aunque me haya equivoca’o,
aunque me hayan señala’o, para’o!
en agua de luna moja’o,
disfrutando la memoria de los rios que he cruza’o,
aunque casi me haya ahoga’o, sigo para’o!
aunque me haya equivoca’o, vivo para’o!
aunque me hayan señala’o, yo sigo para’o!
corriendo y de pié, vivo para’o!
dando gracias por las cosas
que en la ruta me encontra’o, sigo para’o!

Siempre para’o!


martes, 29 de junio de 2010

Un día como hoy nació… y quizás muere

Hace exactamente un año, a las 19:51 – o 8:51 de la noche- subió la primera entrada de conViviendo con Intruso. Ilustrada con una foto que mi esposo le hizo a un picaflor rondando las flores del sauco de mi patio, la titulé con un grito de guerra: “¡Se te acabó el anonimato, Darling!”. Y acto seguido denuncié el tumor cerebral que me habita desautorizado hace 12 años.

Fue importante para mi desnudar lo que dice el cabezote. Lo hice por escrito por vez primera y expliqué las razones por las que no lo había hecho antes:

“Le he dado 11 años de silencio y anonimato a un invasor descrito por la ciencia como “benigno”.
Claro, que cuando salí de la sala de operaciones en febrero de 1998 después de 13 horas, de 11 días de intensivo, hemipléjica, chorreándome de la silla de ruedas porque no me podía sostener... no lo pensé taaaaaan “benigno”.
“Intruso me obligó a separarme de mi familia durante varios meses cuando me mudaron a una clínica de rehabilitación para aprender a manejar la silla de ruedas con una mano.
“Desde entonces me lo dijeron ad nadseum: “Sácatelo del sistema”; “Escribe un libro”; “Escribe una columna”, “¡Déjalo salir!”
“No le hice caso ni a una de las mejores editoras que he tenido, que me traía loca con el sonsonete. ¡Para “sacármelo del sistema” fue que me entregué en manos de los neurocirujanos! Pero en aquella época pensaba que al escribir sobre Intruso me convertiría “oficialmente y para el récord” en una quejosa profesional, de las que dan vueltas en el mismo sitio –como el perro que se busca el rabo- sin buscar vías de supervivencia.

“Pensaba que al escribir sobre la experiencia, cambiaría mi forma de disfrutar la vida como acostumbraba... que me amargaría y que al traducir pesadillas en palabras me enconcharía en una esquina por cuenta del que me habita desautorizado.

“Curiosamente, no me molestaba hablar de Intruso. Lo tomaba como una oportunidad para testimoniar sobre el milagro de la Vida, la Misericordia Divina y la esperanza de cada amanecer. Testimoniaba, como todavía hago, sobre la pericia de los neurocirujanos, y el equipo anestesiólogos del Centro Médico.
“Era además –como sigue siendo- una deliciosa oportunidad para saborear y compartir experiencias que unen a familiares y amigos; a compañeros de trabajo y a vecinos; a conocidos y a los que estamos por conocer.
“Pero a partir de hoy lo destapo, lo desnudo, lo denuncio por escrito, “en blanco y negro”. Nada de benigno que ha sido. Por eso -y por ser reincidente- tampoco merece lástima.

“Intruso es un impertinente y un aprovechado; un listín no invitado a mi banquete de vida. Apretadito a mí... creyó que me succionaría la alegría full time. ¡Ja! ¡Iluso! Creía que me conocía y falló de todas, todas. ¿Quién lo manda?
“Intruso me volvió a enseñar lo que la mayoría de las personas aprenden de bebés: que para caminar hay que mover un pie adelante, impulsando hacia adelante el brazo contrario. Que las repeticiones se hacen con el tempo que marque la ocasión. Que una vez se domina, las piernas siguen solas, como en piloto automático. Pero más que todo, Intruso me recordó que la vida se vive minuto a minuto... y que se camina mejor dando pasos más firmes y más lentos.
“¿Mientras?
“Sigo conViviendo con Intruso, a ver quién de los dos dura más en esta pelea de cuerpo a cuerpo. Insisto, hasta aquí te llegó el anonimato, Intruso. En este espacio cibernético denuncio tu ficha de identidad:Meningioma del Falx.”

##

Como he dicho, realmente pensé que le escribía a la pantalla de la compu.

Anoche tuve una conversación reveladora con Alejandro, un personaje muy especial en distintas etapas de mi vida. No obstante, no más reveladora que las que he tenido con Ricardo, Emma, Margarita, Mirta… y sin darse cuenta, Violeta.

Después de las últimas citas con 3 neurólogos, el radiocirujano, y de verme en la obligación de salir a Estados Unidos para buscar segundas/terceras y cuartas opiniones, decidí “asesinar” al Intruso. No tengo por qué conVivir con él. No es que me haya ganado la batalla “cuerpo a cuerpo”. Es que decidí que no le voy a dar standing.

Voy a cambiar de estrategia.

En este momento no he decidido si habrá un contra/blog con otro nombre y un template más atractivo que este, que es tan primitivo. Lo que sí sé es que su gemelo A Cualquiera le sucede continuará vivito y coleando porque al fin de cuentas, siendo de tema general, no tiene la culpa. También le sobrevivirá el hermanito menor: deMadre dedicado a los nietos de mi esposo.

Mi Hijo Favorito de los Mayores no está de acuerdo en que éste ciclo culmine ni en que cierre éste espacio. Curiosamente, anoche me confesó que no lo lee, aparentementemente le duele. Anoche tuvimos una "acángana" por eso. No le puede doler más que lo que le ha tocado vivir desde su pre adolescencia. Mi Hijo Favorito de los Menores, se entrerará después. Mis más allegados tampoco quieren que lo cierre ni lo culmine. Quizás lo mejor sea dejarlo en “Pausa”.

Gracias a todos por darse una vuelta por acá. Más que gracias a los que me comentaron, y muchas más que gracias a los que me halagaron con premios y mimos. Les debía una explicación.

Ya le hablaré personalmente a Nanny, la última entumorada en llegar y la más joven. No puede pensar que por ésto me rindo. Sólo cierra un ciclo para darle paso a otro.

(Foto x H Dox)

***Por cierto, si alguien se ofende con la publicación de alguna foto de la Gueb, que lo diga y la borro inmediatamente. Si le ofende mucho, mucho le pido excusas públicamente por el malrato. Si alguien toma alguna de las mías, que no sea tontito y lo diga, que difícil que es esta pendejada de tomar fotos sin poder mover el culo de una silla.

viernes, 7 de mayo de 2010

“Siempre te querré” (DeMadre XII)*

Antes de tener niños, cuando ni siquiera pensaba en mocosos propios, guardaba una cajita con libros y juguetes apropiados para los nenes de mis amigos. Así, cuando me visitaban al minúsculo apartamento de playa que compartía con una amiga, tenía con qué entretener a los niños ajenos.


Me tardé tanto en tener los propios, que cuando los necesité, ya libros y juguetes estaban tan "usados", que parecían de Matusalén cuando niño.


Mucho después, nacieron mis hijos. Cuando el mayor tenía 5 años y el menor uno, conseguí un libro que les leía -oportunamente- cuando se molestaban conmigo. ¿Mami-puladora? Evalúe usted... Después, cuando el mayor estaba en secundaria y el chiquito en intermedia, compré 4 libritos de la edición de 2004: uno para cada chico, otro nuevecito para mí, y la que será para los futuros nietos de mi esposo.


Se trata de Siempre te querré”, de Robert Munsch, con ilustraciones de Sheila McGraw, de la editoral Firefly Books (1986). Es una “épica” al amor maternal e incondicional, en el que a pesar de las “incomodidades” y travesuras particulares de cada etapa del desarrollo de su hijo, la mamá siempre le cantaba:


“Para siempre te amaré,

Para siempre te querré,

Mientras en mí haya vida,

Siempre serás mi bebé.”


Los dibujos son escenas de: la madre arrullando al bebé; la de un infante haciendo "fiesta" en el baño, donde riega el papel sanitario, la pasta de dientes, perlitas de olor; un preadolescente regón que entra a la casa con los zapatos sucios, haciendo bombas con chicle, regando refresco, desgarbado, y con el equivalente de una iPod de hoy; luego el de un joven que desordena la casa mientras utiliza una lámpara para simular el micrófono y “canta” a lo Elvis Presley. Tras cada una de esas escenas, aparece otra en la que la mamá va envejeciendo, pero siempre –en las noches- gatea hasta la cama de su “siempre bebé” para acurrucarlo y cantarle la misma canción.


Cuando el joven se convierte en hombre y se muda de la casa, la mamá guia su auto hasta la casa del muchacho para subir a la habitación y arrullar a su hijo. Ya no gatea. Se vale de una escalera que había llevado amarrada sobre el auto. Una mañana, la mamá llama al hijo y le pide que vaya a verla. Ella trata de cantarle la canción, pero cansada, vieja y enferma, no pudo terminar. El hijo la levanta y la arrulla y le canta:


“Para siempre te amaré,

Para siempre te querré,

Mientras en mí haya vida,

Siempre serás mi mamá.”


Al regresar a su casa, tomo en brazos a su bebita dormida... y ya saben... la arrulló y le cantó.


Yo estoy en la etapa de cantarle y arrullar a dos jóvenes adultos. Los estragos de Intruso no me permiten gatear hasta llegar a sus camas; pero no hace diferencia. Ellos buscan la forma de que yo los arrulle y les repita que siempre los querré. Y como estamos en transición, ellos también me cargan y me arrullan; y me repiten y me repiten, “siempre te querré”.


* “Siempre te querré” es parte de la serie “DeMadre”, que hoy se queda acá.

(Ilustración, de la Web)

lunes, 3 de mayo de 2010

Mis bebés me arropan (DeMadre IX)*

No me avergüenza decir que fui cantante de canciones de cuna, nanas, Lullaby... o como quiera que se llame. Me las sabía todas; al derecho y al revés. Se las cantaba a mis hijos desde que crecían en mi “casita de la barriga”. Antes de lactar, lactando, después de lactar; antes de dormirlos, y mientras los dormía. Aún después de dormidos me quedaba con ellos en la cuna y no dejaba de cantarles.


A mi Hijo Favorito de los Mayores, le gustaban más los cuentos que las canciones. Quizás el problema era la cantante, no la canción, pero de todas formas, su ritual del sueño siempre comenzaba cantado. Luego, un cuento breve leído, seguido de uno inventado. No demoraba el Ángel de la Guarda -versión original- un masajito en las sienes, un besito en la frente y a abrigarlo.

Por el contrario, mi Hijo Favorito de los Menores se resistía a la idea de dormir. No se le podía anticipar que había llegado la hora del sueño. “Acompáñame. Tú me duermes a mí”, era la línea infalible de mi libreto. A él le gustaban más los cuentos que las canciones, pero disimulaba y me pedía “otra”. Ahora, pensándolo bien, no sé si era otra canción u otra cantante.


De todas formas, allá iba yo, y desentendida, continuaba el pequeño concierto. Para entonces, el Mayor se había ido huyendo a su cuarto. Leerle cuentos al menor no era tan fácil. Aunque me pesaran los párpados, me tenía que ceñir al texto porque se lo aprendía de memoria y no permitía cambios.


Eso sí; la oración podía ser casi infinita... En vez del “amén”, el “Ángel de la Guarda”, se extendía a: “y cuida también a Pápa, y cuida también a Máma, y cuida también a Coco (Francisco), y cuida también a abuelo Polo, y cuida también a abuela Elena… a abuelo Miguel, a abuela Isabel; a tití Maritza, a tío Orlando, a mi prima Itza, a mi prima Melissa, a mi primo Luis Miguel; a tití Marinés, a tío Ignacio, a mi prima Coralis, a Natalia; a tío José... y después de otros 3 tíos maternos, 2 tías paternas, 9 primos, las maestras, la abuela postiza que lo cuidaba después de clases.


Tras añadir a las peticiones de protección angelical a todos los gatos y perros, caballos, vacas y becerros de cada una de las familias, nos dormíamos los dos. Él, acaparando su territorio, y yo en un borde de la cama, tolerando patadas. En un periodo de tiempo prudente, mi esposo me despertaba para guiar mis torpes pasos hasta nuestra habitación.


Los años modificaron muchos rituales, pero los besitos de buenas noches y esa última ronda para abrigar a mis pichoncitos duró hasta que el mayor cumplió 12 años y el más pequeño 8. Entonces, Intruso se encargó de entorpecer mi ruta hacia las habitaciones de mis hijos. Desde entonces ellos -sabios y amorosos- recorren la ruta a mi cama, y desde entonces, me arrullan a mí. El mayor asegura que no recuerda “eso de las canciones”. Creo que es amnesia parcial selectiva, Alzheimer Prematuro... o no se quiere escuchar el vozarrón de locutor. Me ayuda a subir a la cama, acomoda Mi República Independiente Izquierdista, y se sienta un ratito conmigo. En vez de cuentos, hablamos “de cosas” de su día. De lo que se quedó en el tintero cuando llegó a casa de la uni, o del gym. Me besa y me acurruca. Me dice que soy bella; me acomoda las almohadas y me lleva al cielo.


El menor, también me acurruca y hablamos “de cosas” del día. Y tal y como yo hacía con él, se acuesta al borde de la cama, hasta que nos quedamos dormidos los dos. En un periodo de tiempo prudente, mi esposo lo despierta para guiar sus torpes pasos hasta su habitación.


Por eso puedo decir que mis bebés me arropan. Ellos también han aprendido a vivir, a conVivir y a vencer a Intruso; cosa que no le sucede a Cualquiera.


* Post de la serie "DeMadre", que publica periódicamente en el blog A Cualquiera le Sucede. Durante el mes de mayo -cuando distintos países celebran la maternidad- "DeMadre" será más frecuente, pero por razones obvias, hoy se replica en ésta casita hermana.


(Foto x Cass, del álbum familiar, circa 1985)


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Sobre las fotos e ilustraciones aquí presentes...*

* Si alguien se ofende con la publicación de alguna foto tomada prestada de la Gueb, que lo diga y la borro inmediatamente. Si le ofende mucho, mucho le pido excusas públicamente por el malrato.
Si alguien toma alguna de las mías, que no sea tontito y lo diga, que difícil que es esta pendejada de tomar fotos sin poder mover el culo de una silla.

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