¡Intruso nunca se enteró del primer millón de visitas!

Ellos tampoco le dan tregua a Intruso:

martes, 6 de octubre de 2009

Cuando te frene la Vida, no uses ropa interior

Durante cuatro décadas fui el ser más independiente del mundo. Siempre recuerdo haber vivido a toda prisa y sin consultar .

Eso, hasta que Intruso –el tumor cerebral que me habita desautorizado- me atacó violentamente con convulsiones que iban in crescendo de forma aterradora.

El caos comenzó cuando supe que tenía un pequeño monstruo en el cerebro. Pedí una “visa urgente” a la sala de neurocirugía, a sabiendas de que había un “peor escenario”: la muerte. Me dijeron de otros escenarios “no tan malos”. Eran pérdida de la capacidad cognoscitiva, pérdida de la capacidad afectiva, pérdida de la capacidad motora, paraplejia, hemiplejia... y toda una serie de variantes.

El resultado de aquella primera craneotomía fue la muerte de mis extremidades izquierdas; evento que resultó en mucho más que una reducción en la velocidad de mi vida. Intruso me detuvo en seco y me hizo totalmente dependiente. No me podía vestir, bañar, asear. ¡Perdí el decoro! Ese fue mi primer gran frenazo. Velocidad en cero, y totalmente dependiente, ya no podía hacer mi trabajo, cuidar a mis hijos, atender la casa. No podía ni intentarlo.

Me enviaron a una clínica de rehabilitación donde logré aprender a dar pasos con ayuda. Me dieron el alta sin esperanza, regresé a mi país, pero todavía no podía retornar a la oficina. Bendición Divina: podía trabajar desde mi despacho privado, ¡en casa! Ocho largos meses después de esa primera intervención logré regresar al hábitat laboral, pero ya nunca fue lo mismo. Mis piernas no me permitían ejecutar las mismas asignaciones.

Sin que me lo dijeran, me pusieron “a prueba” a ver qué tanto podía hacer. Sabía cómo me miraban con el rabo del ojo. La productividad, en una empresa es prioritaria, máxime si la empleadita consume una buena tajada del plan médico. Sin embargo, en términos laborales, las pruebas más difíciles me las impuse yo.

No aprendí la lección. No quería reconocer que era necesario bajar la velocidad.

El segundo viaje a sala de neurocirugías –en el 2004- fue otra visita al puro infierno, pero con resultados buenísimos: pude caminar. Mi velocidad nunca volvió a ser la original, pero mejoró muchísimo. No dependía del bastón ni de la mano amiga.

Cuando Intruso –reincidente inescrupuloso- volvió a manifestar su lucha por ganarme, optamos por una radiocirugía. Los resultados fueron peores que con la primera craneotomía. Aquella vez aprendí a caerme y podía levantarme; esta vez no podía controlar las caídas y llegué a cortarme la cara tras una aparatosa caída de frente. Lo más dramático y vergonzoso: un vecino me rescatóinconsciente en la acera, frente a mi casa. Lo más doloroso: yo, que siempre había dicho con orgullo que lo mejor de caerse era poder levantarse... ya no podía hacerlo.

De eso hace dos años y cuatro meses.

¿Que si perdí la velocidad? Toda. Ahora apenas camino. Tengo la bendición de contar con la mejor terapia del mundo: puedo trabajar. De vez en cuando me doy contra las paredes de mi casa y las de la realidad que nadie me quiere decir mirándome a los ojos: todo apunta a que por más terapias que haga, nunca podré ambular como antes. No puedo decir que disfruto las puestas de sol más que antes, ni que descanso más. Tampoco tomo ventajas de la falta de “velocidad ambulatoria” para no hacer el trabajo. “La mano amiga de conocidos y desconocidos” ha tomado una importancia vital. Antes, jamás la hubiera considerado.

Si bien es cierto que he descubierto la bondad genuina de muchas personas, me he tenido que armar de cinismo para reírme y hacer reír a los que me miran con pucheros, como si ya estuvieran en mi velatorio.A los que le sucede lo mismo les advierto que la gente no lo hace por mal. Es que no saben lo que cuesta conVivir con Intruso. Así las cosas, les presto esta idea: cuando te miren con cara de circunstancias y te pregunten que cómo se siente depender de otros hasta para salir a comprar ropa interior, tienes la alternativa de hacer lo mismo que yo, que sin ton ni son, contesto que para sentirme independiente... ¡no uso!

lunes, 5 de octubre de 2009

Aviso: ratones en habitaciones para personas con impedimentos

El año pasado exactamente para ésta época hice mi “Maratón de Boston”. Entrené diariamente durante todo el mes de junio y la mitad de agosto. Una hora al día porque mi cuerpo no alcanzaba a más. ¿La meta? Caminar en los aeropuertos hasta que me acomodaran en las sillas de ruedas con escoltas (que no te permiten parar en las tiendas de souvenirs ni en las de perfumes y licores).


Aquél fue mi primer viaje en avión en mi segunda etapa como persona con impedimentos para ambular. Entrené todas las opciones terapéuticas a mi alcance - acupuntura, watsu, burdenko, electroacupuntura, ejercicios de yoga- para desarrollar las destrezas necesarias para trasladarme a los minúsculos servicios sanitarios de los aviones; al alquiler de autos; a los hoteles, y a una universidad en las afueras de Boston. La meta de “Mi Maratón de Boston” era acompañar a mi hijo a la universidad y dejarlo instalado y listo para empezar su primer semestre. Hicimos todas las reservaciones desde casa, de manera que las sillas de ruedas estaban disponibles, las áreas "especiales" en los aviones; y, en los hoteles, las habitaciones equipadas con los aditamentos para la seguridad de las personas con impedimentos.


Estoy segura de que esas habitaciones existen para cumplir con la ley. Y estoy segura de que a los hoteleros les revienta tenerlas “disponibles” (o, vacías, en lo que llega algún “impedido”). También estoy segura de que por eso no las limpian seguido y su abandono las hacen apetecibles para los ratones, que las adoptan como condominios deluxe que cumplan con sus estandares de desarrollo poblacional en hoteles de toda clase de estrellas.


OJO: ésto no quiere decir que todas las habitaciones para personas con impedimentos de todos los hoteles de la ciudad de Boston tengan ratones... pero me han llegado informes de que sucede en la mayoría de los hoteles de todas las ciudades del mundo que tengan habitaciones para personas con impedimentos.


Y seguirá sucediendo porque la mayoría de las personas con impedimentos no “entrena” para salir corriendo de la habitación a quejarse. Confieso que no pude salir ni corriendo, ni caminando, pero grité como si el ratoncito me hubiera amenazado con arrebatarme la medalla que gané en “Mi Maratón de Boston”.


Iluso animalillo. El tontito no sabía que el hecho de que yo conViva con Intruso, no le permitirá ni a él ni a quién sabe cuantos de su parentela, conVivir conmigo.... ni terminar exitosamente todos los maratones que planifico.

domingo, 4 de octubre de 2009

Madres con meningiomas, o Meningioma Mommas

Cuando Intruso –el tumor cerebral que me habita desautorizado- reincidió en el 2004, me tomé un tiempo razonable para “descansar”. Tras esa segunda craneotomía me sentía mas relajada porque podía caminar.

En lo que me cicatrizaban las costuras que me hicieron para cerrar la cabeza (y asemejaban las trenzas de Frida Khalo), esperé que me creciera suficiente cabello como para disimular las horripilantes huellas del tru-trú de las cirugías. En casa, me dediqué a leer, leer, navegar en Internet y leer.


Pedí libros por Amazon, y leí y leí. Algunos libros, de mucho dolor y desesperanza; de rabia y coraje. Los autores tenían sus motivos: tumores cancerosos inoperables; metastasis que auguraban poco tiempo y terminaban con capítulos escritos por los sobrevivientes. Otros libros estaban llenos de energía y optimismo, escritos por personas que aprendieron a disfrutar la vida después de coquetear con la muerte.


Tal y como hice en el 1998 -cuando Intruso hizo su debut- rechacé la idea de escribir “de la experiencia”. Me trataron de seducir amigos, conocidos y desconocidos, colegas y editores. Pensé que nadie me creería que estaba feliz de haber sobrevivido los infiernos que visité (y dejo en el tintero por ahora).


Cambié de opinión un año después del tercer ataque de Intruso. Fue cuando intenté neutralizar con una radiocirugía al imprudente Meningioma del Falx. Pero la intervención me neutralizó a mí, y aquí estoy... sentadita escribiendo... dándole ánimo a los que pueden caminar.


Con esa explicación rápida, regreso al 2004: Las inmersiones en Internet me llevaron a conocer a las Meningioma Mommas, un grupo de madres con la misma condición que yo. Algunas con tumores recurrentes, otras novatas. La mayoría –según leí- pueden regresar a su vida “normal”.

En mi caso, he tenido que regresar con anormalidad a mi vida mientras conVivo con Intruso y una abultada lista de proyectos en los que seguir siendo madre es mi prioridad.


No pienso escribir el libro. Me quedo con este espacio que no va a necesitar capítulos finales, por ser entregas breves de día en día, independientes y sueltos que no van a quedar irresolutos ni incompletos cuando pase algún tiempo sin entradas nuevas. Cambiaría de idea en caso de que alguien me asegure que voy a sacarle mucho dinero a Intruso. ¿Quién da más? Ya. Ni sueñen que voy a quedarme sentadita esperando. Con los mensajes que me envían al correo privado, o a facebook, ya me siento millonaria.

viernes, 2 de octubre de 2009

Sex and The City y el cáncer del seno de Sam

Cuando Samantha Jones supo que tenía cáncer de seno, algunos fanáticos de la serie reaccionaron molestos. ¿Cómo se iba a empañar Sex & the City al “asignarle” la “enfermedad con la letra ‘c’ “ a un personaje tan sensual? ¿Sería comercialmente agradable presentar una imagen afeada y enferma de Samantha, la incansable “máquina del sexo”?

¿Por qué le tiene que dar cáncer a Samantha? ¿Por qué? ¿Es necesario?

No estuve pendiente a las posibles respuestas de los libretistas ni productores de la millonaria serie televisiva a los probables cuestionamientos. Tampoco tengo conocimiento de las opiniones de los detractores tras ver las escenas.

Solo puedo decir que amé la solidaridad de Carrie Bradshaw, Charlotte York y Miranda Hobbes con su amiga. Me maravilló la actitud amorosa del compañero consensual del momento de “Sam”; creo que uno de los amantes más jóvenes (y guapos) que tuvo en toda la serie.

Lloré como una magdalena en los capítulos que duró el proceso del cáncer de Samantha. Aprendí trucos para sobrellevar las quimioterapias, como las “fiestas de paletas heladas de frutas naturales” para aplacar los calentones.

Me encantó verla esconder la calva con la variedad de pelucas “normales” –muy finas-, otras, notablemente baratas. Me gustó más aún verla con la absurda y espantosísima peluca rosa. Pero más que todo, la amé en el momento en que se dirigió al público en aquella actividad benéfica a favor de pacientes como ella. Con honestidad y su acostumbrado desenfado, soltó unas cuantas palabrotas para describir lo requetemal que se sentía con los efectos de las quimios y el valor añadido de la menopausia. Se arrancó la peluca, dijo lo que le dictó el corazón.

jueves, 1 de octubre de 2009

¿Nos las apretamos juntas?

Octubre es el mes rosa, designado para la prevención del cáncer del seno. Desde que los calendarios empezaron con las fechas de “concienciación” sobre distintas condiciones médicas, y cada condición se distingue con cintitas cruzadas de distintos colores, me pareció curioso.

Esas fechas... ¿Las habrá decidido una agencia de publicidad internacional para abultarse el bolsillo anunciándolas? ¿Las auspiciará una fábrica textil para no perder las cintas de colores almacenadas? ¿Será invento de los diseñadores de Haute couture para vender prêt-à-porter para las mujeres comunes -como yo-; o será para inventarse desfiles de modas con cocteles piadosos?

La respuesta es: ninguna de las anteriores. Se trata del puro deseo de salvar vidas con detecciones tempranas.

No exageran el mensaje las agencias de publicidad, las fábricas textiles, los diseñadores, las asociaciones médicas, los institutos de investigaciones, las agencias salubristas de los distintos gobiernos, la Organización Mundial de la Salud… ni la niñita de 5 años que usa la pulserita rosa.

No exageran cuando repiten las escandalosas estadísticas de casos de condiciones que se pueden combatir al detectarse de forma temprana. Por eso llevan un mensaje vivo -no histérico- lleno de amor y esperanza.

A partir de hoy, y durante todo el mes de octubre todos y todas debemos llevar el mensaje de prevención de cáncer de seno a todos y todas las personas: mujeres y hombres, hombres y mujeres.

Todos y todas debemos hacernos el autoexamen, y, con la autorización médica, darnos la vuelta por el centro de mamografías para un examen que no está demás.

No exagera la niña de 5 años que lleva la pulserita rosa (de goma). Ella entiende que la importancia de que su mami y sus titis se hagan la prueba preventiva. Lo entiende porque su abuelita sobrevivió un cáncer de seno.

Igual lo entiendo yo, que por estar “en edad” de hacerme la prueba, arrastré con mi mejor amiga, treintona para hacerse la mamografía y, o sonomamografía que se sugiere a partir de los 40.

La invité a que me acompañara y se las dejara apretar conmigo "por solidaridad preventiva”. Ella –“joven para tener cáncer de seno”- resultó con cáncer. Por bendición del Cielo, hace cuatro años que podemos decir que es otra sobreviviente que descubrió su cáncer con una “inocente” prueba preventiva.

Por ella y por todas y todos, a partir de hoy, llevo mi cintita (ahora es un broche), o mi pulsera. Y de paso, te sugiero que lleves el mensaje del autoexamen del seno a tu madre, a tu hermana, tu cuñada, tu amiga, colega… y de paso, vayan con su orden médica a “apretárselas juntas”.

Yo conVivo con Intruso, en una negociación continua de “no me molestes, tumorcito... no crezcas… y te dejo quieto”. Pero tengan en cuenta que hay tumores que se pueden arrancar de cuajo, y el cáncer de seno, es uno. Prevención es la consigna.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Los “QUIERO” nuestros de cada día

¿Tendría gusto la vida si no aspiramos a nada? La verdad es que no tengo idea. No he conocido a nadie que lo diga. Debe ser que no conozco a nadie que no se quiera... o que todos hemos leído “La lámpara de Aladino”.

Emma -una nueva amiga argentina blogera – tiene muchos “quieros”. Aunque no conversábamos sobre el tema ni en Skype, facebook, ni chateábamos por messenger, me los ha dicho en un hermoso y esperanzador correo electrónico. No conozco todas sus circunstancias, excepto que tiene esclerosis múltiple, y vive sola con su hija preadolescente. Sé que adora a su hija, y su hija a ella; que ambas hacen un “equipo” (tema para mañana) y que es una mujer muy talentosa. Estos son sus quiero:

1. Quiero hacer los ejercicios de rehabilitación justos para despertar mi pierna derecha; 2. Quiero descubrir cuáles son esos ejercicios (mi pierna los sabe pero aún no me los dice); 3. Quiero mediante el blog que he abierto, seguir comunicándome con gente que siente como yo (he descubierto que hay mucha más de la que creía); 4. Quiero seguir alimentando esta relación con mi nena que por fin va por los canales correctos; 5. Quiero descubrir dentro de mí lo que me ha traído hasta este lugar; 6. Quiero poder ir y volver de la piscina sola (la verdad es que no he vuelto a intentarlo).

“Es raro, estoy contenta conmigo misma, no sé por qué”, me escribió Emma justo después de sus “quiero”.

Ayer estuvo en casa otra nueva amiga Shekinah, también blogera. Nos visitó con su hijo menor -preadolescente- y su esposo. Faltó el otro miembro de su “equipo de apoyo primario: su hijo adolescente. Muy exitosa en el campo de la docencia y la investigación, es sobreviviente de cáncer, y ahora tiene una condición neurológica degenerativa que le ha afectado la coordinación y la estámina.

No especificó sus “quiero”, pero los puedo adivinar: van en la dirección de vivir (no existir) a plenitud, en Gracia Espiritual; continuar siendo productiva; perfeccionar sus pasos (ayer estrenó zapatos con pulgada y media de taco ancho); y ahora, ¡empezar un negocio con uno de sus terapistas!

¿No son esas ganas de vivir?

Conozco personas cuyos “quiero” son retomar la capacidad de mover un dedo, o poderse levantar de la cama. De hecho ambos formaron parte de mis “quiero”. Intruso -el tumor cerebral que me habita desautorizado- ha provocado que me haya costado sangre sacar de mi lista de “quieros” la capacidad de mover los dedos (y escribir), y poder levantarme de la cama. Me costó tiempo, y muchas energías de todos los integrantes de mis equipos de apoyo: el “in house”, el equipo de apoyo familiar, el de amigos, compañeros de trabajo, vecinos, conocidos, ¡y desconocidos!

Mis actuales “quiero” se dividen por categorías temporales. A corto plazo: 1. Quiero vivir, no pasar por la vida existiendo; 2. Quiero levantarme del suelo sin ayuda; 3. Quiero no caerme; 4. Quiero poder dar muchos pasos erguida, aunque sea con la ayuda de alguno de mis bastones de cuatro puntas; 5. Quiero que mi pierda izquierda entienda que no puede ser una República Independiente y que el brazo izquierdo no se contamine con el mismo capricho; 6. Quiero poder levantarme de la mesa del comedor sin ayuda.

A mediano plazo: 1. Quiero seguir viviendo, no pasar por la vida existiendo; 2. Quiero subir y bajar escaleras sin miedo a caerme; 3. Quiero ser más independiente en casa; 4. Quiero bailar bolero con mi esposo.

A largo Plazo: 1. Quiero continuar conViviendo en PAZ con Intruso, ya que no me lo pueden arrancar; 2. Quiero caminar hasta el buzón; 3. Quiero poder bajarme del carro y echar gasolina; 4. Quiero poder ir a la farmacia, al supermercado; 5. Quiero dar unos pasitos básicos de salsa con mis hijos.

Quiero continuar disfrutando esta vida sabrosa que el Cielo contiúa regalándome. Tan es así, que seguro que en los próximos días continuaré añadiendo “quieros” con la mano en el corazón... sin necesidad de frotar la lámpara de Aladino.

Quiero seguir queriendo.

jueves, 24 de septiembre de 2009

“Incapacítate y vete a tu casa a descansar”

La frase, dicha por un compañero de trabajo hace 11 años, me molestó más que si la hubiera expresado un médico.

Dándole el margen de la duda, pudo haberlo dicho para “protegerme” de una caída, de un accidente, de una convulsión en una represa, como una vez me sucedió. La verdad, nunca me dijo la razón, y durante varios años no dejaba de retumbarme la frase cuando le miraba la cara, así que decidí dejar de mirársela para no condenarme la sabrosa vida profesional que continué.

No estaba en mis planes deshojar margaritas antes de decidir "renuncio, o no renuncio". Siempre estuve segura en continuar siendo productiva, "hasta que el cuerpo aguante"

¿Ya dije que hubiera que me hubiera molestado más si me la hubiera dicho un médico? Pues sí, me la llegó a decir dijo una doctora. Una fisiatra. Las circunstancias no pudieran haber sido más desgraciadas para ella. Yo acababa de llegar de una clínica de rehabilitación donde recibía ocho horas de terapias diarias. Cuatro en la mañana, cuatro en la tarde, divididas por la hora de almuerzo. Tenía dos sesiones de terapia física, dos sesiones de terapia ocupacional, recreativa, sicológica y terapia en el agua. En la noche, un terapista dejaba “descuidadamente” parte de los arneses que mis cuidadores usaban para adiestrarme en “el caminao”. Esa era una hora más de “trabajo” en tiempo extra. Además, siempre me procuraba usar una hora adicional como mínimo en un modesto salón de juegos en el que había una computadora para uso común. Allí, me dedicaba a escribir como otra “terapia ocupacional” autoimpuesta para asegurarme a mí misma que podía regresar a mi vida profesional. Tras casi dos meses de esfuerzos intensos, al acercarse la fecha de regreso a mi país, hice citas con varios profesionales en búsqueda de programas de rehabilitación. ¿Qué encontré? Nada. No encontré alternativas de terapias reales. Sí par de sitios de terapias “light”. Una de las recomendaciones fue una fisiatra que supuestamente era muy avant garde en su approach con el paciente.

Mi esposo me llevó a la cita. A duras penas, me pude desplazar para sentarme frente de ella. Y sus primeras palabras fueron: “¿a qué vienes aquí?” Pensé que estaba loca, que me había metido a una fila de banco en la que el teller te pregunta de mala manera si vas a sacar dinero de ahorro, depositar un cheque, aumentar la línea de crédito, cambiar el menudo en billetes, o a entregar una notita amenazante para robar.

¿A qué una va al médico? Cuando le traté de decir mi interés en recibir terapias que le dieran continuidad a las que ya casi me tenían dando pasos, sacó unos formularios de la gaveta superior derecha y me dijo: “Estás deprimida porque no puedes hacer nada. Contéstame estas preguntitas”. Error, error... Yo conocía el cuestionario. Había cajas de esas piezas de literatura en el garaje de mi casa porque formaban parte del material que mi esposo le distribuía a los médicos.

A la pobre le tocó escucharme. No le gustó nada lo que le dije, y no voy a repetir. De todas formas, su mensaje fue el mismo de mi colega: “Incapacítate y vete a tu casa a descansar”.

Encontré una Clínica Deportiva donde me permitieron cuatro horas de terapia física y terapias supervisadas en máquinas de ejercicio. A la vez, me permitía trabajar a tiempo parcial. Varios meses después me reincorporé a tiempo completo en mi trabajo.

Y creo que esa es la mejor terapia que he podido tener. De hecho, doy fé de que es la mejor cuando se trata de conVivir con un Intruso. Si en cualquier momento tuviera que abandonar el trabajo e incapacitarme, lo hago. Pero aquél no era el momento. Y creo que hoy tampoco. Hace una semana, el colega que me sugirió existir en la lista de los incapacitados en vez de mantener una vida productiva, coincidió conmigo en una gestión laboral, y reconoció el error. Yo le hice creer un "no pasa nada", pero no perdí la oportunidad para decirle que no hubiera podido tolerar mirar el techo de mi casa todo el día porque temía encontrar tantas manchas como las que encontró Serrat cuando compuso “No hago otra cosa que pensar en ti”. Ademas, cuando se conVive con un Intruso, no se deshojan margaritas.
(Foto x Cass)

domingo, 20 de septiembre de 2009

“Conversation piece” que espanta quejosos

Genio y figura, hasta la sepultura”, dice un dicho popular. “Primero muerta que sencilla”, dice otro. Con o sin limitaciones físicas, no se nos puede criticar por hacer lo posible –y a veces lo imposible- por intentar... ¿insistir? en lucir bien.

A los 42 años, me sentía “en mi mejor momento”, tanto en lo físico como en lo espiritual, y en lo profesional. Con experiencia y sin arrugas: la matemática perfecta. La ley de la gravedad aún no le había hecho reclamaciones al cuerpo que albergó dos hijos hermosos y saludables. Corría bici todas las mañanas para sentir el aire fresco en la cara y para admirar la franja de mar que se deja ver desde mi vecindario.

No contaba con Intruso; el tumor cerebral que me habita desautorizado. De manera que cambiar la bici por una silla de ruedas no fue fácil.

Por ser delgada, tuve la ventaja de que me sirviera una “silla bonita”, esto es, color violeta, no cromada como las “normales” del hospital, las del aeropuerto y la que me recibió en la clínica de rehabilitación a la que me llevaron para aprender a usarla con una mano y un pie. Una chulería. Cuando cualquier persona trataba de hablarme de la tragedia de estar “confinada a una silla de ruedas”, yo le decía que la mía era muy linda, que podía “bailar” en ella, y que cuando engordara, la donaría y me haría pintar una negra con puntitos de colores para que combinara con mi sombrilla y con el lipstick.

Cuando pude usar bastón, me regalaron uno liviano, de madera. Parecía de doñita y se lo dí a una amiga artista que –como en el cuento del Patito Feo- me lo devolvió transformado literalmente en un cisne. Tras la primera craneotomía, no tuve inconvenientes con el cabello. No me habían afeitado la cabeza. Así que Cisne fue “la estrella”. El “conversation piece” cuando algún imprudente de los que se placen en hablar de desgracias, enfermedades y tragedias griegas, intentaba sumergirme en el fango de las penas al verme “sin caminar”.

Durante algunos años Cisne permaneció en la sombrillera al lado de la puerta como un trofeo que me servía de testimonio sobre lo que son los Milagros.

Intruso volvió a reclamar el que cree su espacio y lo retamos con una segunda craneotomía. El éxito de la cirugía nos hizo creer vencedores. Ya no fue necesario usar “aditamentos” para ambular. Al contrario, los pasos eran más seguros; pero mi “estilista-neurocirujano” me afeitó la cabeza. Pensé que si ese era el precio por caminar, ¡a usar pañuelos, bandanas, pañoletas, sombreros...lo que fuera... combinado con el lipstick! Sentía que tenía que ocultar las horrorosas cicatrices-trofeo de supervivencia para evitarle pánico a conocidos y desconocidos. Mi querida amiga Eva, artesana del textil, tenía varias creaciones que fueron un éxito como “conversation pieces”. El cabello creció y dejé de usar las hermosas piezas, pero no el lipstick.

Insaciable, Intruso volvió a reclamar su espacio y tras la radiocirugía empeoré a pasos agigantados. Necesité las pañoletas porque perdí el cabello de toda la parte superior. Y necesité bastón porque ya no podía caminar. No había forma de caminar. Me caía y no me podía levantar. En una ocasión, perdí el conocimiento en el la calle, al frente de mi casa. Me encontró un vecino. Otro día me corté la cara al caerme en el centro donde recibo terapias. Antes decía que lo mejor de caerse era levantarse, pero ya no podía controlar los golpes, ni levantarme. Una pesadilla.

Mi Ángel de la Guarda Full Time se atrevió a proponerme lo que nadie me había querido decir: “¿tú no crees que un bastoncito de 4 puntas te pueda ayudar a no caerte?” Fue tan obvio, que ralló en el descaro. Estoy segura que se había sometido a un caucus por temor a mi reacción, y le tocó a ella “ponerle el cascabel al gato”.

“Pues sí. Vamos a verlos”, dije para su desconcierto inmediato. Para mí, lo más importante era poder moverme con seguridad hacia la ruta de la independencia. Eso podía más que pensar que usaría un bastón de “garrapatas”, o cuatro patas. En la tienda, me esperaban los “estilo garrapata” que no quería, pero compramos uno y tras repasar lo que se siente caminar asistida de un pedazo de metal, me desplacé como pude hacia la salida. Tenía dos lagrimones a punto de cuajar, pero me disponía a trabajar y no iba a dañar el maquillaje.

No quise pintar a “Garrapatín” porque estaba ilusionada de que sería transitorio. Fallé peor que meteoróloga del inestable clima caribeño. Al año, compré un pariente de “Garrapatín” decorado con unas flores tímidas parecidas a las de las batas de dormir de doñitas. Había navegado en las tiendas de Internet, pero lo necesitaba “rush”, y con el precio de embalaje, costaba lo mismo. Lo bauticé “Flori”.

Reviví las alegrías que causaba Cisne cuando se lo presentaba a las personas en el momento preciso en el que las preguntas sobre mi condición ya se iban poniendo convirtiendo en imprudencias que no merecían detalles.

Le pasé a Garrapatín a la hija de la pintora de Cisne, otra artista maravillosa. Tras varios meses, otro pintor amigo compró uno y lo pintó. Lo bautizamos “Ramito”. Además de ser otro exquisito “conversation piece” Es verde y tiene gatitos y corazones, estrellas y mucho amor. Tanto amor tiene, que espanta las malas vibras y me sostiene mientras continúo conViviendo con Intruso.

En algún momento Garrapatín volverá a mí transformado con colores y diseños en otro símbolo de amor; de ese amor que me ayuda a sostenerme, a controlar los desbalances y a continuar testimoniando la grandeza de los Milagros del Cielo.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Entre las dos, la paciente es ella, no yo

Mi Mejor Amiga es paciente de cáncer de mama. “Doble tragedia”, piensan muchos sin atreverse a verbalizarlo. ”¿Por qué doble tragedia?”, pregunto. Es sólo un seno el de las células malignas.

¿Será porque nos clasifican de “damaged” a las dos? Eso tiene lógica. Ella con el cáncer... por ahora en remisión, y yo con el tumor cerebral, por ahora como volcán dormido.

“Never a dull moment”, digo en voz alta. Las dos tenemos nuestras respectivas “condiciones”. Quizá por eso nunca nos aburriremos. Estamos tan concentradas en cómo ayudarnos una a la otra, que no nos rinde tiempo para ahogarnos en las depresiones de nuestros propios mares.

Pero ojo: de vez en cuando nos agarramos unas vacaciones de neurólogos y tetólogos; de mamografías, sonomamografías, MRI cerebrales; electroencefalogramas, exámenes neurológicos, niveles de células cancerosas, y hasta dejamos de leer sobre los últimos hallazgos en tal o más cual terapia experimental que sólo nos otorga falsas expectativas a cambio de novedosos efectos secundarios.

Optamos por robarle tardes al calendario de citas médicas y procuramos lugares estratégicos para disfrutar de espectaculares atardeceres. No nos cansamos de comparar las gradaciones de colores, el dramatismo de algunos rayos de sol cansado, y las formas de nubes. Es un paréntesis de las oficinas llenas de tragedias en las que nadie saca tiempo para una sonrisa sin que se interprete como la taquilla a una conversación desbordante de detalles de síndromes que no nos hace falta conocer.

Que no sea recomendable... ni se lo recomiende yo a nadie, no quiere decir que disfrute genuinamente de sonreir con mis colegas en la enfermedad. Así lo continuaré haciendo mientras tenga las energías y el ánimo entre juguetón y cínico; ingredientes necesarios para sobrellevar estos eventos viacrucísticos de las oficinas médicas.

Cuando retornamos de las puestas de sol a la realidad de las mamografías, sonomamofrafías, MRI cerebrales; electroencefalogramas, exámenes neurológicos y niveles de células cancerosas... Mi Mejor Amiga y yo nos acompañamos a algunas citas médicas. Aclaro: ella me acompaña más a mí que yo a ella. Yo no puedo hacer mucho por ayudarla; mientras que sin su mano, no podría desplazarme. Por eso digo que aunque las dos tengamos nuestras “respectivas condiciones” y nos miren como a las amigas de la “Doble Desgracia”, es doblemente correcto que yo indique que “la paciente es ella”. No porque su condición sea peor que la mía. ¡Es por la paciencia que tiene conmigo!
(Foto por Cass, "Atardecer de cara a Isla Verde")

domingo, 6 de septiembre de 2009

La fiesta del dedo

Las conquistas son relativas. Las alegrías y las fiestas también. Por eso, hoy no nos debemos sorprender de las fiestas del 1927 cuando Charles Lindbergh realizó un vuelo en solitario y sin escalas a través del Atlántico en su aeroplano Spirit of Saint Louis.

Hubo celebraciones cuando la Unión Soviética lanzó al espacio el primer satélite, el Sputnik 1, en el 1957; y luego en el 1961, cuando el cosmonauta soviético Yuri Gagarin, fue el primero en viajar al espacio. Si no se apuraban, se morían de la envidia, así que el próximo año a John Glenn le tocó ser el primer estadounidense en el espacio al volar alrededor de la Tierra durante cinco horas en el Mercury 6.

Esas fiestas quedaron opacadas en el 1969 cuando Neil Armstrong se convirtió en el primer humano en pisar la luna (evento que hoy se pone en duda con pietaje igualmente cuestionable).

En el 1981 el trasbordador Columbia salió desde Cabo Cañaveral, en el primer vuelo de una nave espacial reusable. En el 1990, el trasbordador espacial Discovery desplegó el observatorio astronómico Hubble, que permite a los científicos observar casi los confines del universo.

A mediados de febrero de 1998, un neurocirujano visitó los confines de mi cerebro y alegadamente se adueñó de Intruso, el tumor cerebral que me habita desautorizado. El evento me restó movilidad en las extremidades izquierdas. A finales de mes, moví un dedo e hicimos una fiesta en la que solo faltaron los fuegos artificiales.


En el 2004 NASA logró poner dos robots exploradores (rover) en la superficie de Marte. No me percaté de esas celebraciones porque ese mismo año, reconquisté mi movilidad al salir de un segundo tumor cerebral. No logramos comprar los fuegos artificiales, pero celebramos en grande.


En verano de 2006 me sometí a una radiocirugía que me afectó aún más que el evento del 1998 y perdí todo tipo de coordinación.


En el 2008 La nave Phoenix de la NASA comenzó a explorar el Planeta Rojo. Me despisté y no supe de fiestas.


En el 2009, sigo intentando caminar; aventura diaria que cuesta más neuronas que millones de dólares a la NASA. El poder continuar intentándolo sigue siendo motivo de fiesta diario... con fuegos artificiales espirituales... aunque no haya logrado la meta. Eso es parte del proceso de conVivir con un Intruso, y de disfrutar cada etapa, aunque sea a tropezones. De manera que celebramos con pirotécnia invisible a los ojos cada vez que me levanto de una caída estrepitosa. Algo, que hasta hace poco, no había sido posible.

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Sobre las fotos e ilustraciones aquí presentes...*

* Si alguien se ofende con la publicación de alguna foto tomada prestada de la Gueb, que lo diga y la borro inmediatamente. Si le ofende mucho, mucho le pido excusas públicamente por el malrato.
Si alguien toma alguna de las mías, que no sea tontito y lo diga, que difícil que es esta pendejada de tomar fotos sin poder mover el culo de una silla.

Envío y comparto

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