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martes, 16 de marzo de 2010

Sobre la magia compartida de Ricardo

“A rose is a rose is a rose”, dice Gertrude Stein tratando de engañarnos. Y es que una rosa, son pétalos suaves, aroma, espinas, hojas dentadas... amor.

En el caso de una foto, tampoco se puede ser tan simplista: una foto es una imagen, pero además, es sentimiento, emoción, recuerdos de un momento especial; con o sin compañía.

Para Ricardo Marín Araluce, seguro que es todo eso y más. Debe ser por ello que tituló esta bella imagen como ”Un día mágico”. La ví en su álbum de facebook, donde la describe de la siguiente forma: “Empezando el día con buen pie, solo levantarme y ver estas vistas desde la ventana de mi despacho”.

No dudo que los días de Ricardo comiencen mágicos con este sol que -no conforme con despertar- abre una celosía del ventanal celestial y se mira coqueto en el mar.

La foto es hermosa, pero más aún el gesto de Ricardo cuando le pido replicar la imagen por acá para compartirla. Me dice: “claro que sí en esta vida tenemos que compartir está a tu entera disposición no es mía es de todos”.

Dos comentarios después, dice: “todo consiste en ver las cosas desde una perspectiva mágica, en todos lados se encuentra depende de nosotros buscar la belleza esta en todas partes”.

Y razón, más que razón tiene Ricardo. Yo le añado que no importan las circunstancias, los despertares, las condiciones de salud o la presencia de Intrusos; las angustias o alegrías, cada día tiene su encanto y su magia. Y siempre puede ser un Gran Día como dicen Serrat & Sabina. Solo o acompañado; con trompetas o guitarras; con risas, o con lágrimas; en la salud, o cuando no haya tanta salud. El día está preñado de magia que se puede compartir cuando se levanta el telón en las mañanas.

Gracias Ricardo, mi sol de Almería. Gracias Serrat (que te pongas bien pronto). Gracias Sabina.

(Foto x Ricardo Marín Araluce)

viernes, 23 de octubre de 2009

Para no olvidar que te amo

Si te dijeran que en par de días se te olvidará el sabor de un beso, el calor de un abrazo, la seguridad de dormir pegada a un pecho, ¿cómo reaccionarías? Si te digo que cuando me lo dijeron por primera vez me quise caer muerta, ¿me creerías? “¡Cualquier cosa, cualquier cosa menos esa!”, pensé hace 11 años mientras le miraba los ojos mudos al neurocirujano que cumplía con su deber ministerial al hacerme todas las advertencias. Parecía que estaba leyéndome las letras chiquitas de un contrato de vida.

Primero me quise morir, después lo quise matar. Ya me había recitado las otras “posibilidades reales” cuando se viola un cerebro mediante una craneotomía: “puedes morir, puedes quedar cuadrapléjica, parapléjica, hemipléjica; puedes quedar ciega, sorda, impedida de caminar; puedes perder la memoria cognoscitiva... y puedes perder la memoria afectiva”.

No recuerdo que me dijeran que podía quedar muda, pero en ese momento creo que enmudecí. Me hacían las advertencias a ver si me desanimaba en confrontar en un ataque despiadado a Intruso, el tumor cerebral que acabábamos de descubrir que me habitaba desautorizado quién sabe desde hace cuánto.

Tenía pinta de maldición: ¿cómo evaluar la situación con ecuanimidad? A un lado de la balanza, los dolores de cabeza infernales y las convulsiones. Al otro lado, la posibilidad de perder el amor. Porque de eso se trata la posibilidad de “perder la memoria afectiva”: olvidaría rostros y sensaciones.

Quizá por ingenuidad, quizá por desesperación, lo primero que seleccioné para la hospitalización fueron al menos dos decenas de fotos que identifiqué cuidadosamente y en letra de trazos claros: mis hijos, mi esposo, mis padres, hermanos, sobrinos, amigos. Incluí algunos apuntes sobre lo que sentía por cada uno de ellos. No recuerdo si mi gato Noche acompañó las demás fotos en el sobre zip-lock.

Al salir de sala de recuperación de neurocirugía –uno de los infiernos que visito cuando Intruso se encapricha- las primeras caras asustadas fueron las mismas de esos cuyas fotos había protegido del olvido.

Como en el Juego de la Oca: “¡obstáculo superado!” No solo los reconocí... también recordé mi miedo a que se esfumaran entre neuronas desconectadas. Y quise besarlos... buena señal. Los días siguientes, en la Unidad de Cuidado Intensivo los podía abrazar únicamente si me agarraba la mano izquierda y la sostenía en el cuello de la víctima de mi amor. Era una de las estrategias para expresar lo que sentía, ahora, con mis nuevas limitaciones físicas.

Seis años más tarde me tocó repetir la visita al infierno. Ya con más experiencia, los nenes más grandes, pero con el mismo temor, me preparé la taza del amor. Fotos y mensajes la adornaron.

Hoy, la miro y me pregunto qué hubiera pasado si la memoria afectiva se me hubiera escapado entre los dedos de los neurocirujanos. ¿La verdad? No quiero “darle cabeza” a esas ideas. Mejor me concentro en intentar caminar, en continuar saboreando besos; en dar y recibir abrazos cálidos; y en sentir la seguridad de dormir pegada a un pecho. ¿La taza? Ahí la tengo como uno de los trofeos que uso para nunca olvidar agradecerle al Cielo que me permita intentar andar por la vida conViviendo con Intruso y amando.

(Foto x Cass)

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Sobre las fotos e ilustraciones aquí presentes...*

* Si alguien se ofende con la publicación de alguna foto tomada prestada de la Gueb, que lo diga y la borro inmediatamente. Si le ofende mucho, mucho le pido excusas públicamente por el malrato.
Si alguien toma alguna de las mías, que no sea tontito y lo diga, que difícil que es esta pendejada de tomar fotos sin poder mover el culo de una silla.

Envío y comparto

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