¡Intruso nunca se enteró del primer millón de visitas!

Ellos tampoco le dan tregua a Intruso:

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viernes, 23 de octubre de 2009

Para no olvidar que te amo

Si te dijeran que en par de días se te olvidará el sabor de un beso, el calor de un abrazo, la seguridad de dormir pegada a un pecho, ¿cómo reaccionarías? Si te digo que cuando me lo dijeron por primera vez me quise caer muerta, ¿me creerías? “¡Cualquier cosa, cualquier cosa menos esa!”, pensé hace 11 años mientras le miraba los ojos mudos al neurocirujano que cumplía con su deber ministerial al hacerme todas las advertencias. Parecía que estaba leyéndome las letras chiquitas de un contrato de vida.

Primero me quise morir, después lo quise matar. Ya me había recitado las otras “posibilidades reales” cuando se viola un cerebro mediante una craneotomía: “puedes morir, puedes quedar cuadrapléjica, parapléjica, hemipléjica; puedes quedar ciega, sorda, impedida de caminar; puedes perder la memoria cognoscitiva... y puedes perder la memoria afectiva”.

No recuerdo que me dijeran que podía quedar muda, pero en ese momento creo que enmudecí. Me hacían las advertencias a ver si me desanimaba en confrontar en un ataque despiadado a Intruso, el tumor cerebral que acabábamos de descubrir que me habitaba desautorizado quién sabe desde hace cuánto.

Tenía pinta de maldición: ¿cómo evaluar la situación con ecuanimidad? A un lado de la balanza, los dolores de cabeza infernales y las convulsiones. Al otro lado, la posibilidad de perder el amor. Porque de eso se trata la posibilidad de “perder la memoria afectiva”: olvidaría rostros y sensaciones.

Quizá por ingenuidad, quizá por desesperación, lo primero que seleccioné para la hospitalización fueron al menos dos decenas de fotos que identifiqué cuidadosamente y en letra de trazos claros: mis hijos, mi esposo, mis padres, hermanos, sobrinos, amigos. Incluí algunos apuntes sobre lo que sentía por cada uno de ellos. No recuerdo si mi gato Noche acompañó las demás fotos en el sobre zip-lock.

Al salir de sala de recuperación de neurocirugía –uno de los infiernos que visito cuando Intruso se encapricha- las primeras caras asustadas fueron las mismas de esos cuyas fotos había protegido del olvido.

Como en el Juego de la Oca: “¡obstáculo superado!” No solo los reconocí... también recordé mi miedo a que se esfumaran entre neuronas desconectadas. Y quise besarlos... buena señal. Los días siguientes, en la Unidad de Cuidado Intensivo los podía abrazar únicamente si me agarraba la mano izquierda y la sostenía en el cuello de la víctima de mi amor. Era una de las estrategias para expresar lo que sentía, ahora, con mis nuevas limitaciones físicas.

Seis años más tarde me tocó repetir la visita al infierno. Ya con más experiencia, los nenes más grandes, pero con el mismo temor, me preparé la taza del amor. Fotos y mensajes la adornaron.

Hoy, la miro y me pregunto qué hubiera pasado si la memoria afectiva se me hubiera escapado entre los dedos de los neurocirujanos. ¿La verdad? No quiero “darle cabeza” a esas ideas. Mejor me concentro en intentar caminar, en continuar saboreando besos; en dar y recibir abrazos cálidos; y en sentir la seguridad de dormir pegada a un pecho. ¿La taza? Ahí la tengo como uno de los trofeos que uso para nunca olvidar agradecerle al Cielo que me permita intentar andar por la vida conViviendo con Intruso y amando.

(Foto x Cass)

sábado, 22 de agosto de 2009

Mi (todavía) República Independiente e Izquierdista

Estoy clara en que no soy la única persona del mundo ex hemipléjica, a quien todavía le queda una extremidad que insiste en hacer lo que le venga en gana por cuenta de un Intruso. En mi caso, Intruso es el Meningioma del Falx, -o tumor cerebral "benigno" resistente a cirugías- que me habita desautorizado.

Si conocen a alguien con una extremidad que se comporte como República Independiente e Izquierdista, díganle que se comunique conmigo lo antes posible. Quiero saber cómo le va, qué hace, cómo transcurren sus días; si se aburre, si le permite a esa parte de su cuerpo hacer lo que le de la gana; o, si se le calientan las neuronas a fuerza de exigirle a esa extremidad que haga lo que le comanda el cerebro.

¡Que me diga!

"Esa extremidad", en mi caso, es la pierna izquierda. Y, como todo lo malo tiene algo bueno, admito que soy poseedora del privilegio de repartir patadas impunemente con la excusa de que se trata de “movimientos involuntarios”. No es que la pierna ande saltando descontroladamente mientras me coma un pop corn en el cine... pero de vez en vez se rebela contra el resto del cuerpo y hace lo que le viene en gana.

Lo único que le pido es que coopere y haga lo suyo cuando trato de ponerme el zapato que le corresponde, subir un escalón, o dar un paso al ritmo de salsa con mis hijos. Aún no logro hacer ninguna de esas “tonterías” cotidianas y poco importantes en un mundo donde hay tantos problemas tan complejos y trascendentales. Pero es que para hacer algunas de las cosas, hay que ponerse los dos zapatos, subir un escalón y dar un sabroso paso de salsa en los brazos de cualquiera de tus hijos.

No es que esté taaaaan desesperada por saber cómo someterla a la obediencia a mi (todavía) República Independiente e Izquierdista. Llevo 11 años y 6 meses a éste tajo, y una, como que se acostumbra. Pero no niego que (todavía) me pica la curiosidad. Así que si alguien conoce el truco, que me diga.

Para “caminar”, todavía tengo que “pensar” cada paso. De hecho, eso es algo que debería hacer cada persona. El mundo no estaría tan mal... aunque caminaría más lento. ¿Conducir? Perfectamente capaz, en autos de transmisión automática. En los manuales, ¡imposible! (todavía). El problema está al llegar a los destinos... ¡sin un zapato!

Lo que no le puedo perdonar a la República Independiente Izquierdista que arrastro por la vida, es que me prive de sensaciones. No tanto de las cosquillas. No son necesarias para reir. ¿Cómo rayos me puedo defender de las hormigas si no siento las picadas hasta que me comen la pierna derecha?

Sin embargo, además de estar viva para ponerme un zapato, conducir un auto de transmisión automática, y llegar al hormiguero; de reirme y gozar la música aunque no pueda dar un paso de salsa; de cantar, escribir, pelear y soñar; de poder disfrutar amaneceres, atardeceres, sonrisas ajenas y las ilusiones de mis hijos, ¡he logrado conVivir con Intruso y extender mi calendario!

He logrado vivir, no existir. Hago un inventario de lo que puedo hacer y lo que tengo, y me siento millonaria.

El que no pueda bailar ballet, no me preocupa. No voy a someter a la obediencia a la que hasta ahora ha sido mi República Independiente e Izquierdista por cuenta de una zapatilla. Nunca he bailado ballet. Así que no lo extraño ni me duele.

lunes, 29 de junio de 2009

¡Se te acabó el anonimato, darling!

Le he dado 11 años de silencio y anonimato a un invasor descrito por la ciencia como “benigno”.
Claro, que cuando salí de la sala de operaciones en febrero de 1998 después de 13 horas, de 11 días de intensivo, hemipléjica, chorreándome de la silla de ruedas porque no me podía sostener... no lo pensé taaaaaan “benigno”.

Intruso me obligó a separarme de mi familia durante varios meses cuando me mudaron a una clínica de rehabilitación para aprender a manejar la silla de ruedas con una mano.
Desde entonces me lo dijeron ad nadseum: “Sácatelo del sistema”; “Escribe un libro”; “Escribe una columna”, “¡Déjalo salir!”

No le hice caso ni a una de las mejores editoras que he tenido, que me traía loca con el sonsonete. ¡Para “sacármelo del sistema” fue que me entregué en manos de los neurocirujanos! Pero en aquella época pensaba que al escribir sobre Intruso me convertiría “oficialmente y para el récord” en una quejosa profesional, de las que dan vueltas en el mismo sitio –como el perro que se busca el rabo- sin buscar vías de supervivencia.

Pensaba que al escribir sobre la experiencia, cambiaría mi forma de disfrutar la vida como acostumbraba... que me amargaría y que al traducir pesadillas en palabras me enconcharía en una esquina por cuenta del que me habita desautorizado.
Curiosamente, no me molestaba hablar de Intruso. Lo tomaba como una oportunidad para testimoniar sobre el milagro de la Vida, la Misericordia Divina y la esperanza de cada amanecer. Testimoniaba, como todavía hago, sobre la pericia de los neurocirujanos, y el equipo anestesiólogos del Centro Médico.
Era además –como sigue siendo- una deliciosa oportunidad para saborear y compartir experiencias que unen a familiares y amigos; a compañeros de trabajo y a vecinos; a conocidos y a los que estamos por conocer.

Pero a partir de hoy lo destapo, lo desnudo, lo denuncio por escrito, “en blanco y negro”. Nada de benigno que ha sido. Por eso -y por ser reincidente- tampoco merece lástima.
Intruso es un impertinente y un aprovechado; un listín no invitado a mi banquete de vida. Apretadito a mí... creyó que me succionaría la alegría full time. ¡Ja! ¡Iluso! Creía que me conocía y falló de todas, todas. ¿Quién lo manda?

Intruso me volvió a enseñar lo que la mayoría de las personas aprenden de bebés: que para caminar hay que mover un pie adelante, impulsando hacia adelante el brazo contrario. Que las repeticiones se hacen con el tempo que marque la ocasión. Que una vez se domina, las piernas siguen solas, como en piloto automático. Pero más que todo, Intruso me recordó que la vida se vive minuto a minuto... y que se camina mejor dando pasos más firmes y más lentos.

¿Mientras?

Sigo ConViviendo con Intruso, a ver quién de los dos dura más en esta pelea de cuerpo a cuerpo. Insisto, hasta aquí te llegó el anonimato, Intruso. En este espacio cibernético denuncio tu ficha de identidad:
Meningioma del Falx.
(Foto x HDP)
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Sobre las fotos e ilustraciones aquí presentes...*

* Si alguien se ofende con la publicación de alguna foto tomada prestada de la Gueb, que lo diga y la borro inmediatamente. Si le ofende mucho, mucho le pido excusas públicamente por el malrato.
Si alguien toma alguna de las mías, que no sea tontito y lo diga, que difícil que es esta pendejada de tomar fotos sin poder mover el culo de una silla.

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