Le he dado 11 años de silencio y anonimato a un invasor descrito por la ciencia como “benigno”.
Claro, que cuando salí de la sala de operaciones en febrero de 1998 después de 13 horas, de 11 días de intensivo, hemipléjica, chorreándome de la silla de ruedas porque no me podía sostener... no lo pensé taaaaaan “benigno”.
Intruso me obligó a separarme de mi familia durante varios meses cuando me mudaron a una clínica de rehabilitación para aprender a manejar la silla de ruedas con una mano.
Desde entonces me lo dijeron ad nadseum: “Sácatelo del sistema”; “Escribe un libro”; “Escribe una columna”, “¡Déjalo salir!”
No le hice caso ni a una de las mejores editoras que he tenido, que me traía loca con el sonsonete. ¡Para “sacármelo del sistema” fue que me entregué en manos de los neurocirujanos! Pero en aquella época pensaba que al escribir sobre Intruso me convertiría “oficialmente y para el récord” en una quejosa profesional, de las que dan vueltas en el mismo sitio –como el perro que se busca el rabo- sin buscar vías de supervivencia.
Claro, que cuando salí de la sala de operaciones en febrero de 1998 después de 13 horas, de 11 días de intensivo, hemipléjica, chorreándome de la silla de ruedas porque no me podía sostener... no lo pensé taaaaaan “benigno”.
Intruso me obligó a separarme de mi familia durante varios meses cuando me mudaron a una clínica de rehabilitación para aprender a manejar la silla de ruedas con una mano.
Desde entonces me lo dijeron ad nadseum: “Sácatelo del sistema”; “Escribe un libro”; “Escribe una columna”, “¡Déjalo salir!”
No le hice caso ni a una de las mejores editoras que he tenido, que me traía loca con el sonsonete. ¡Para “sacármelo del sistema” fue que me entregué en manos de los neurocirujanos! Pero en aquella época pensaba que al escribir sobre Intruso me convertiría “oficialmente y para el récord” en una quejosa profesional, de las que dan vueltas en el mismo sitio –como el perro que se busca el rabo- sin buscar vías de supervivencia.
Pensaba que al escribir sobre la experiencia, cambiaría mi forma de disfrutar la vida como acostumbraba... que me amargaría y que al traducir pesadillas en palabras me enconcharía en una esquina por cuenta del que me habita desautorizado.
Curiosamente, no me molestaba hablar de Intruso. Lo tomaba como una oportunidad para testimoniar sobre el milagro de la Vida, la Misericordia Divina y la esperanza de cada amanecer. Testimoniaba, como todavía hago, sobre la pericia de los neurocirujanos, y el equipo anestesiólogos del Centro Médico.
Era además –como sigue siendo- una deliciosa oportunidad para saborear y compartir experiencias que unen a familiares y amigos; a compañeros de trabajo y a vecinos; a conocidos y a los que estamos por conocer.
Pero a partir de hoy lo destapo, lo desnudo, lo denuncio por escrito, “en blanco y negro”. Nada de benigno que ha sido. Por eso -y por ser reincidente- tampoco merece lástima.
Intruso es un impertinente y un aprovechado; un listín no invitado a mi banquete de vida. Apretadito a mí... creyó que me succionaría la alegría full time. ¡Ja! ¡Iluso! Creía que me conocía y falló de todas, todas. ¿Quién lo manda?
Intruso me volvió a enseñar lo que la mayoría de las personas aprenden de bebés: que para caminar hay que mover un pie adelante, impulsando hacia adelante el brazo contrario. Que las repeticiones se hacen con el tempo que marque la ocasión. Que una vez se domina, las piernas siguen solas, como en piloto automático. Pero más que todo, Intruso me recordó que la vida se vive minuto a minuto... y que se camina mejor dando pasos más firmes y más lentos.
¿Mientras?
Sigo ConViviendo con Intruso, a ver quién de los dos dura más en esta pelea de cuerpo a cuerpo. Insisto, hasta aquí te llegó el anonimato, Intruso. En este espacio cibernético denuncio tu ficha de identidad: Meningioma del Falx.
(Foto x HDP)