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jueves, 24 de septiembre de 2009

“Incapacítate y vete a tu casa a descansar”

La frase, dicha por un compañero de trabajo hace 11 años, me molestó más que si la hubiera expresado un médico.

Dándole el margen de la duda, pudo haberlo dicho para “protegerme” de una caída, de un accidente, de una convulsión en una represa, como una vez me sucedió. La verdad, nunca me dijo la razón, y durante varios años no dejaba de retumbarme la frase cuando le miraba la cara, así que decidí dejar de mirársela para no condenarme la sabrosa vida profesional que continué.

No estaba en mis planes deshojar margaritas antes de decidir "renuncio, o no renuncio". Siempre estuve segura en continuar siendo productiva, "hasta que el cuerpo aguante"

¿Ya dije que hubiera que me hubiera molestado más si me la hubiera dicho un médico? Pues sí, me la llegó a decir dijo una doctora. Una fisiatra. Las circunstancias no pudieran haber sido más desgraciadas para ella. Yo acababa de llegar de una clínica de rehabilitación donde recibía ocho horas de terapias diarias. Cuatro en la mañana, cuatro en la tarde, divididas por la hora de almuerzo. Tenía dos sesiones de terapia física, dos sesiones de terapia ocupacional, recreativa, sicológica y terapia en el agua. En la noche, un terapista dejaba “descuidadamente” parte de los arneses que mis cuidadores usaban para adiestrarme en “el caminao”. Esa era una hora más de “trabajo” en tiempo extra. Además, siempre me procuraba usar una hora adicional como mínimo en un modesto salón de juegos en el que había una computadora para uso común. Allí, me dedicaba a escribir como otra “terapia ocupacional” autoimpuesta para asegurarme a mí misma que podía regresar a mi vida profesional. Tras casi dos meses de esfuerzos intensos, al acercarse la fecha de regreso a mi país, hice citas con varios profesionales en búsqueda de programas de rehabilitación. ¿Qué encontré? Nada. No encontré alternativas de terapias reales. Sí par de sitios de terapias “light”. Una de las recomendaciones fue una fisiatra que supuestamente era muy avant garde en su approach con el paciente.

Mi esposo me llevó a la cita. A duras penas, me pude desplazar para sentarme frente de ella. Y sus primeras palabras fueron: “¿a qué vienes aquí?” Pensé que estaba loca, que me había metido a una fila de banco en la que el teller te pregunta de mala manera si vas a sacar dinero de ahorro, depositar un cheque, aumentar la línea de crédito, cambiar el menudo en billetes, o a entregar una notita amenazante para robar.

¿A qué una va al médico? Cuando le traté de decir mi interés en recibir terapias que le dieran continuidad a las que ya casi me tenían dando pasos, sacó unos formularios de la gaveta superior derecha y me dijo: “Estás deprimida porque no puedes hacer nada. Contéstame estas preguntitas”. Error, error... Yo conocía el cuestionario. Había cajas de esas piezas de literatura en el garaje de mi casa porque formaban parte del material que mi esposo le distribuía a los médicos.

A la pobre le tocó escucharme. No le gustó nada lo que le dije, y no voy a repetir. De todas formas, su mensaje fue el mismo de mi colega: “Incapacítate y vete a tu casa a descansar”.

Encontré una Clínica Deportiva donde me permitieron cuatro horas de terapia física y terapias supervisadas en máquinas de ejercicio. A la vez, me permitía trabajar a tiempo parcial. Varios meses después me reincorporé a tiempo completo en mi trabajo.

Y creo que esa es la mejor terapia que he podido tener. De hecho, doy fé de que es la mejor cuando se trata de conVivir con un Intruso. Si en cualquier momento tuviera que abandonar el trabajo e incapacitarme, lo hago. Pero aquél no era el momento. Y creo que hoy tampoco. Hace una semana, el colega que me sugirió existir en la lista de los incapacitados en vez de mantener una vida productiva, coincidió conmigo en una gestión laboral, y reconoció el error. Yo le hice creer un "no pasa nada", pero no perdí la oportunidad para decirle que no hubiera podido tolerar mirar el techo de mi casa todo el día porque temía encontrar tantas manchas como las que encontró Serrat cuando compuso “No hago otra cosa que pensar en ti”. Ademas, cuando se conVive con un Intruso, no se deshojan margaritas.
(Foto x Cass)

2 comentarios:

Emma dijo...

Cuando fui a ver a una especialista en mi enfermedad me dijo: "las lesiones están, no tienen cura". y me dio un antidepresivo.
Cuando salí de la consulta lloré. lloré de impotencia por encontrar gente tan estúpida en puestos tan cruciales.
Hoy, quisiera que me viera para hacerle tragar sus palabras, pero es demasiado estúpida, no podrá reconocer que se equivocó.

Cassiopeia dijo...

¡Por eso mismo creo que los ginecólogos deberían tener vagina!

http://conviviendoconintruso.blogspot.com/2009/07/quiero-un-ginecologo-macho-con-vagina-y.html

Pienso que los médicos deberían trabajar con gusto con pacientes que busquen recuperación y se esfuercen en ser disciplinados para mejorar, o al menos, buscar alternativas para no empeorar (como es mi caso).
¿No es esa la meta de un buen médico?

Y –acá entre nos- no estaría demás que los neurólogos se den un paseíto por una máquina de MRI cada 6 meses, a ver si les gusta el martilleo en la cabeza y el sabor en la boca que deja el venenito que nos inyectan. ¿No crees?

Sigamos adelante y no nos dejemos vencer por palabras necias...

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